22 abril 2006

Hablando en plata



Ya me cansé de despotricar, así es que hoy escribiré las acostumbradas trivialidades acerca de la vida de un vago. Iba a viajar mañana a Iquique y justo se me ocurre ver en Internet el valor de los pasajes, menos mal que se me ocurrió verlo antes porque no me alcanzaba la plata ¿se imaginan que hubiera llegado al mesón del aeropuerto y no tuviera con que pagar? ¡que plancha!. En fin, mañana recibiré unas lucas y aprovecharé el fin de semana para terminar el proyecto del Colegio Hispano que contribuirá a engrosar un poco mi anémica billetera ¿trabajar? ni muerto.

La cosa es que llevo como medio año desde que cerré la tarjeta de crédito, que era muy cómoda para esta clase de situaciones pero me sacaban el alma con intereses y comisiones, ahora paso algunos pequeños inconvenientes, pero vivo gastando exactamente la plata que recibo y no le debo ni un centavo a nadie, duermo muy tranquilito desde que dejé de ser sujeto de crédito.

También es muy distinto sacar los billetes y pagar por todo lo que uno compra que pasar el plástico y firmar. Comencé el mes con mucha más plata que de costumbre porque me pagaron un proyecto que ya ni recordaba, así es que pensé que me sobraría plata para hacer la terraza y otras ampliaciones de la casa, pero el cruel destino dijo otra cosa, el arreglo del Colt me salió mucho más de lo presupuestado y el CRX tuvo otra costosa falla, mas algunos excesos, fiesta y copete, más otras lucas que presté a un amigo, más varios gastos inesperados y chao ampliación de la casa. Habrá que esperar hasta que salga algún otro proyecto que valga la pena. Lo bueno de manejar todo en efectivo es que uno puede ver físicamente cuando los billetes van saliendo y como los montoncitos de a cien van desapareciendo, uno por uno.

Yo pasé muchos años igual que David Cooperfield quebrándome la cabeza sobre como vivir con muy poca plata, recuerdo que nos sentábamos en la Plaza de Armas con un amigo de la Universidad -que andaba igual de muerto de hambre- y nos poníamos a calcular cuanta plata llevaría en la billetera cada uno de los que pasaban y a especular como podríamos hacer para traspasar esa plata a nuestros bolsillos. Bueno, ese amigo hoy es un acaudalado ejecutivo del retail y nuestras conversaciones casi siempre giraban en torno a como podríamos conseguir plata. Con el hice los primeros negocios de mi vida -varios de dudosa legalidad- y gané mis primeras lucas. Y así pensábamos y pensábamos como conseguir plata.

Las lecciones de economía práctica que aprendí en esos años me sirvieron por el resto de mi vida, no tanto por que fueran grandes ideas, sino porque me acostumbré a aplicarlas como un hábito: generar un flujo, gastar menos de lo que gano, generar más y/o gastar menos para tener exedentes son las tres reglas de oro para las finanzas personales que seguramente todo el mundo las conoce pero muy pocos las aplican. Y hay una cuarta regla que es la más difícil: saber hacer la diferencia entre gasto e inversión. Es muy fácil disfrazar los gastos de inversiones, ese es un mecanismo psicológico común de los que usan demasiado el celular, que se compran un auto, se visten con ropa cara, gastan en toda clase de lujos "porque eso es bueno para el negocio, es una inversión". Claro que normalmente es un autoengaño nomás.

Y para terminar de hablar sobre el vil billete, les copio un delicioso bocadillo escrito por el economista John Kennet Galbraith, que hoy está bastante desacreditado pero que era divertidísimo como escritor, aquí va:

"Que el amor por el dinero es causa de todos los males es algo que puede discutirse. Adam Smith, profeta, para muchos de una autoridad solo ligeramente inferior a los de la biblia, pensaba, en 1776, que de todas las ocupaciones a que hasta entonces se había dedicado el hombre -guerra, política, religión, diversiones violentas, sadismo no compensado-, la de ganar dinero era, socialmente la menos perjudicial. Pero es indudable que el afán de dinero, o cualquier asociación duradera con él, es capáz de provocar un comportamiento no solo chocante, sino francamente irracional.

Hay buenas razones para ello. Los hombres poseedores de dinero, como antaño los favorecidos con una oble cuna y un título importante, se imaginan indefectiblemente que el respeto y la admiración que inspira el dinero son realmente debidos a su propia sabiduría o personalidad. El contraste de la opinión que tienen ellos mismos, reforzada de este modo, y la con frecuencia ridícula y corrompida realidad, ha sido siempre fuente de pasmo y diversión. De una manera parecida, siempre ha causado una especie de satisfacción morbosa la rapidez con que se evaporan el respeto y la admiración al quedarse el individuo sin dinero".

(J.K.Galbraith, El Dinero: de donde vino, a donde se fué)

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"Send me a postcard, drop me a line
Stating point of view
Indicate precisely what you mean to say
Yours sincerely, wasting away
Give me your answer, fill in a form
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Will you still need me, will you still feed me
When I'm sixty-four"