¡Pobre México!
Hay culturas que no me gustan, no sé por qué. Por ejemplo, me repele la cultura de los países escandinavos y, en general, de todo el norte de Europa. Los ingleses no me caen mal porque están todos locos; qué cultura más excéntrica. Me caen mal los franceses por su historia infame y también los eslavos, de los que cargo muchos genes.
Otras culturas me caen simpáticas, partiendo por los italianos y la mayoría de los iberoamericanos, con dos excepciones: la cultura de México y la de Haití. Eso no quiere decir que me caigan mal los europeos del norte, eslavos, mexicanos o haitianos.
Es la cultura, la historia y cosas así. Dos de los amigos más geniales que he tenido son haitianos y de entrada no tengo ningún problema con personas de esos países, pero hay cosas de su historia y costumbres que no me gustan nada. Esta vez quiero decir una o dos cosas sobre México.
Lo primero que me choca es que consideren entre sus padres de la patria a ladrones y bandoleros. Es verdad que ni O'Higgins, ni Carrera, ni muchos otros eran unos santitos; para mí fueron gente bastante turbia, pero al menos no se dedicaban a asaltar ni a asesinar masivamente.
Un país que considera a gente como Emiliano Zapata o Pancho Villa como padres de la patria no puede andar bien. Una revolución que duró décadas y una historia de corrupción política ininterrumpida; en fin.
Otra cosa que me choca es que cuando un mexicano contesta el teléfono dice "mande" o "¿para qué soy bueno?". Mi impresión es que se ha forjado por muchos años una cultura del abuso, humillaciones y violencia que, hasta donde tengo uso de memoria, ha sido ininterrumpida.
Recuerdo que hace años conversaba de todo eso con un gran amigo que viajaba mucho y estaba por ir a pasar un largo tiempo en México. Él no pensaba igual. La cosa es que anduvo casi un año por allá y me iba contando sus aventuras y experiencias, que resultaban muy interesantes para mí.
Viendo la guerra interna que se ha desatado después de la muerte del "Mencho", me vuelve a la cabeza esa conversación con mi amigo y lo que me contaba sobre su experiencia viviendo en México. Aprovecharé que mañana es sábado para publicarlo en un refrito.
Diablos, lo que acabo de escribir es una sarta de prejuicios personales míos que pueden ser muy injustos. Sé que muchos de los regulares de acá son de México y comprendo que no les harán maldita gracia mis opiniones. Disculpen, amigos, no es nada contra el país ni menos contra su gente. Es otra cosa.
Viña es un festival
Recuerdo cuando fue el primer Festival de Viña en 1960. En esos años íbamos todos los meses a Viña en el tren ordinario con mi mamá, a cobrar una plata, y pasábamos por la casa de mi tía Berti, mi tía Meri o de mi tía Flori, donde mis primos a veces me contaban cómo había sido la cosa.
Yo no he ido nunca, pero por lo que me contaban, esos primeros festivales no podían ser más primitivos. Estaban centrados en la competencia de canciones y no había anfiteatro; la gente llevaba sus propias sillas o se sentaba en el suelo sobre frazadas. Era una especie de festival de barro pobre.
Con los años fue creciendo. En el año 1971 ya era bastante conocido y recuerdo haber visto por la tele —que recién estaba creciendo en Chile— en casa de mi tía Berti a Dean Reed, el Elvis Rojo, con sus canciones de protesta como "Si tuviera un martillo" y cosas así.
Creo que la cumbre del Festival fue ese año en que también debutó Bigote Arrocet, que fue la primera megaestrella que produjo el certamen. Leo que Arrocet volvió en 1972 y 1974. Creo que gran parte de Chile estuvo pegado a la tele o la radio para ver esos festivales.
En esos años también vinieron cantantes y grupos que eran muy famosos en todo el mundo y el Festival se convirtió, gracias a la tele, en la atracción del verano para toda América Latina.
Recuerdo a Gloria Gaynor —la reina disco— en 1980, aterrorizada cuando en medio de la actuación la gente empezó a prender improvisadas antorchas. Fue la primera en darse cuenta del tremendo peligro de un mega incendio forestal.
Pero en los buenos viejos tiempos los chilenos éramos más despreocupados y nos reímos mucho de su miedo. Allí se formaron muchas cosas que llegaron a ser tradiciones de los festivales en Chile. Por ejemplo, la competencia pasó a ser irrelevante y todo el interés se centró en los artistas invitados.
Poco a poco, inadvertidamente, el negocio televisivo se fue tomando el control del Festival. En ese momento entró en una meseta primero; luego, a fines de los años 80, empezó la decadencia, cada vez más acelerada, hasta el punto de que hoy está volviendo a ser tan chanta y patético como cuando empezó.
Hoy el Festival es un espectáculo televisivo de la señal abierta, la peor basura cultural y mental que tenemos en el país. Empezaron a aparecer cosas cada vez más absurdas y patéticas como "la gala", "el piscinazo", el regalo de gaviotas y mucha basura por el estilo.
Hoy es un espectáculo freak, de gente rara y chocante en el escenario, y de un público idiotizado por la tele al otro lado; es lo peor que tenemos. Así como me di el lujo de hablar mal de la cultura mexicana, les diré que esa clase de "curtura" chilena no tiene nada que envidiarles.
Recuerdo esos años de gloria en que todos estábamos pegados al televisor o la radio, pendientes del gran espectáculo del verano en Chile. Hoy solo lo ve la gente madura y camino a podrida, los que se idiotizan con la tele y ven cualquier cosa para dejar la mente en blanco o quedarse dormidos.
El festival tuvo el mismo ciclo de vida que tenemos todos: nació pobre y en pelotas, fue creciendo y agarrando vuelo hasta que le llegó su época de gloria, entró a una meseta durante algunos años y después empezó la decadencia.
Hoy está como esos viejitos que están esperando su muerte en el asilo de ancianos: caducos, arrugados, sin dientes ni control de los esfínteres. En fin, supongo que es lo que nos pasará a todos: es el ciclo de la vida.






