20 abril 2026

El valor social de la meritocracia

La mayoría de la gente no entiende la meritocracia. Es natural que así sea, porque los meritorios son tan pocos que tal vez nunca hayan conocido alguno. En una sociedad volcada totalmente hacia los resultados y el éxito, las personas meritorias no abundan mucho que digamos.

Así como en democracia manda el populacho y en aristocracia mandan los mejores, la meritocracia existe donde mandan los más meritorios pero ¿quienes son esos? ¿Cómo podemos identificarlos?

Pensemos un poquito primero qué diablos es el mérito. Un meritorio no es alguien que ha tenido éxito en la vida, que tiene plata o un buen trabajo o el que le va bien en todo lo que hace, ese es un tipo exitoso, puede que su éxito lo deba al mérito o no. Simplemente podría tratarse de un palurdo con suerte.

Un meritorio tampoco es necesariamente el mejor de todos, eso también depende de los resultados -que podrían estar influidos por la suerte, la herencia y mil cosas más- el concepto de "mérito" se refiere a otra cosa: como dice su nombre consiste en "merecer" algo.

Seguramente han escuchado expresiones como "le dieron su merecido", "se merece eso y mucho más" y cosas así. Resulta que el mérito es algo que te adjudican los demás y consiste en como te perciben frente a los demás del grupo.

Entonces el mérito aparece cuando existe una competencia y alguien se esfuerza más que los demás. No es algo objetivo ni fácil de medir, se parece mucho a la reputación, a la buena o mala fama.

Algo de esto ya lo escribí en mi entrada La meritocracia según los socialistas y en algunas otras entradas que ya ni recuerdo, pero nuca está demás repasar esas ideas, y releyendo esa entrada veo que se me pasaron algunas cosas importantes que aprovecharé de colocar ahora.

Decía que la meritocracia funciona principalmente en grupo, pero no siempre. Me acuerdo que en la universidad casi todos mis compañeros copiaban o hacían algunas trampas en las pruebas y trabajos.

Yo nunca creí que eso fuese malo o inmoral porque sabía que las pruebas y gran parte de lo que nos enseñaban era inútil para la profesión, así es que bastaba con un conocimiento superficial y cumplir los requisitos -que eran muy exigentes- como fuera.

Y el tiempo me dio la razón, porque los que hacían más trampas con los años fueron los profesionales más exitosos. Pero habíamos unos tres o cuatro que tomábamos las pruebas como una diversión, una especie de deporte de competencia y jamás hicimos trampa.

Y no era por cuestiones morales de hacer lo correcto ni nada de eso, simplemente nos gustaba competir y creernos mejores, eso nos daba cierta reputación entre compañeros y los profesores que sabían como era la mano.

Al final el mérito no es otra cosa que una especie de reputación, de chiflados que son más competitivos y quieren sentirse mejores que los demás.

Pero resulta que la meritocracia tiene un valor social muy importante, y eso es lo que se me olvidó poner en todas las veces que he escrito sobre eso. Hay que entender que los tipos que son meritorios no son necesariamente los mejores ni los más brillantes, pero si los que más les gusta competir.

Yo considero -sin falsas modestias esta vez- que cuando estudié -en condiciones difíciles- fui muy meritorio, nunca me lo reconocieron, jamás me dieron una beca -que necesitaba desesperadamente- y ni siquiera me dieron felicitaciones, hasta donde recuerdo nunca me tiraron ni un mísero hueso.

Por eso creo que entiendo en qué consiste el mérito, se que no es gran cosa y principalmente se basa en la necesidad que nos reconozcan, pero si cumple con una importante función social, porque cuando aplaudimos y premiamos al mérito, más gente trata de esforzarse y conseguir cosas que creían imposibles.

Yo siempre fui muy malo para las matemáticas, con mi déficit de atención, mala memoria y la concentración de una mosca  me abrumaba con los problemas más sencillos. Pero cuando uno está convencido de ser meritorio, se obliga a conseguir cosas imposibles, por la buena o por la mala.

Despertar ese deseo de "hacer méritos" en las personas y premiarlos por eso tiene un valor social tremendo, porque muchos que por nacimiento o mala suerte parecen condenados a ser nadie, si les entra el bichito del mérito bien podrían convertirse en un don nadie, como este servidor.

Porque -a veces- el mérito sirve para alcanzar resultados y lograr éxitos. No siempre porque es la suerte la que manda en esas cosas, pero muchas veces ayuda y tener más gente exitosa ayuda a mejorar la sociedad mucho más de estar lleno de fracasados.

En pocas palabras una sociedad buena es donde hay una buena cantidad de personas exitosas y la gente meritoria mejora un poquito esa capacidad de conseguir sus objetivos.

Pero la social democracia, que ha reinado desde los años cincuenta, tiene en su raíz las ideas socialistas y como consecuencia de eso el veneno de la igualdad que desprecia el mérito. ¿Recuerdan esa canción "tu que andas diciendo que hay mejores y peores"? Eso es básicamente el socialismo.

Las ideas de la "inclusión" universal, donde competir es malo, nadie debe llegar primero sino que todos juntos porque todos somos iguales. Para ellos la meritocracia es mala porque segrega, hay que quitarle los patines a los que van más rápido ¡qué ejemplo más claro!

¿Qué pasa si castigamos al mérito y tratamos de ayudar a los que no se esfuerzan? ¿Si eliminamos la competencia para que todos sean iguales? Esto no tiene solo una respuesta teórica, sino que es un proceso que hemos visto desde hace treinta y seis años, cuando "llegó la alegría" a Chile.

El resultado es que un fulano que no tiene idea de derecho llegó hasta ser egresado de esa carrera, fracasó dos veces en su exámen de grado, no pudo obtener el título y luego de eso fue elegido presidente de la república.

Nunca, hasta donde recuerdo, había visto tantos ignorantes, tontos, que no alcanzan a ser mediocres, elevados inmerecidamente en altos cargos. Todos los presidentes y autoridades políticas desde 1990 hasta hoy.

Eso es lo que pasa cuando endiosamos la inclusión y dejamos de premiar el esfuerzo, se va formando generación tras generación de tontos cada vez peores. Por eso hay que volver a la meritocracia, ponerla en valor, premiar al mérito y los que no quieren esforzarse -es decir el 80% según Pareto- que se vayan al diablo.

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