19 enero 2026

La incertidumbre y el miedo

He escrito varias veces sobre el azar y la incertidumbre, pero hoy quiero darles vuelta a algunos aspectos que no he tocado antes. No abundaré en si existe la "verdadera" incertidumbre o si solo es una muestra de nuestra incapacidad para saberlo todo; al final eso es algo filosófico y a mí la filosofía no me interesa ni un pepino.

La verdad es que los seres humanos no podemos tener certeza de nada. Podemos tener confianza en que mañana aparecerá el sol por el este y en la tarde desaparecerá por el oeste —sería muy inusual que eso no pasara—, pero es algo perfectamente posible; no hay manera de que estemos seguros. 

Incluso las "verdades matemáticas", que son los teoremas, solo representan un juego que se construye con base en axiomas que no tienen ningún fundamento indudable. Cuando Descartes escribió aquello de "Pienso, luego existo", creyó que había dado con una certeza absoluta, pero ni siquiera eso es una verdad indiscutible.

El hecho es que nacemos, vivimos y morimos en un universo de dudas. Podemos pensar y actuar con base en cosas que creemos seguras, pero nunca tendremos certezas porque somos incapaces de ver las cosas desde un lugar superior, fuera de nosotros mismos. 

Eso genera la incertidumbre y es algo que a ningún ser humano le gusta: todos tenemos una preferencia —qué digo una necesidad extrema— de certezas, seguridades y de vivir en un mundo donde la mayor cantidad de cosas sean predecibles.

Por eso, desde que nacemos empezamos a hacer predicciones acerca de todo: una criatura de un día llora prediciendo que con eso le darán alimento, lo mecerán o le solucionarán algún otro problema. Y así seguimos hasta que llega el día infausto en que nos toca estirar la pata. 

Seguramente estamos programados evolutivamente para intentar hacer todas las predicciones exitosas que podamos, para odiar la incertidumbre y adorar las regularidades que nos permiten vivir mucho mejor.

Por eso la ciencia, la tecnología y lo que de manera difusa entendemos como "inteligencia humana" tienen tanto prestigio entre nosotros. Los griegos valoraban más que nada la belleza y la perfección; en la Edad Media, la fe y la lealtad; pero hoy el ideal es la "inteligencia". 

Esta no es otra cosa que hacer predicciones que acierten, disminuyendo la incertidumbre, que es algo a lo que tenemos terror. Esta fe ciega en la ciencia, la técnica y la inteligencia sirve bien para cosas secundarias, relacionadas con vivir mejor basándonos en el estudio de las regularidades.

Pero son solo un truco que no es capaz de darnos certezas, ni una sola. Las únicas certezas que podemos tener son las basadas en la fe, que es la creencia en algo más allá de la ciencia, la tecnología o la inteligencia.

La fe puede racionalizarse, como pasa con las creencias religiosas, pero también se puede adquirir fe con base en la confianza que tenemos en nuestras intuiciones. 

La fe siempre puede estar equivocada —de hecho, normalmente se equivoca más que la razón—, pero hay asuntos en los que la ciencia y la inteligencia no sirven para nada por las enormes limitaciones de nuestra mente.

Como los seres humanos odiamos la incertidumbre y buscamos de cualquier manera racionalizarla, eso explica muchas pseudociencias o el uso erróneo de la estadística, entre muchas otras cosas: necesitamos certezas.

Y esto lo puedo ilustrar con dos ejemplos personales. El primero es que desde hace un par de años he empezado a tener una especie de "pesadillas soft". 

Nada muy terrible, solo sueños donde todo va bien hasta que aparece un problema: me pierdo o estoy en un lugar medio peligroso. 

Usando al pequeño Segismundo Freud que llevo dentro (mi Freud de AliExpress), me he dado cuenta de que esto ha coincidido con que estoy somatizando el miedo que siento a la incertidumbre.

Las cosas de salud jamás me interesaron; siempre he sabido que en algún momento me voy a enfermar y finalmente me voy a morir, y por eso hasta los 69 años jamás fui a un médico ni me preocupé por los dolores; siempre pensé que se pasarían solos. 

Pero al cumplir 70, para recibir el famoso Nutra Max que regala el gobierno a los veteranos, me tuve que hacer un control de salud y, como sospechaba, me encontraron hipertensión. Me mandaron a hacer exámenes, un electrocardiograma y un montón de porquerías por el estilo.

Yo les he seguido la corriente y trato de seguir viviendo despreocupado, como siempre. En general no me preocupo, sé que no tengo de qué preocuparme, pero todo lo que no me preocupa lo somatizo y por eso tengo pesadillas que nunca tuve. 

Jamás debí hacerme esos malditos exámenes: van contra la estrategia de mi vida, lo mismo que andar sacándome radiografías porque una dentista me dijo que tenía una "tremenda infección muy peligrosa". ¡Maldita sea su alma por producirme insomnio y hasta pesadillas!

P.D. Como saben, ya estoy 100% asociado con Gemini para escribir las entradas. Le pido que corrija la ortografía y sintaxis y esta vez se me ocurrió pedirle lo siguiente "también me gustaría que me comentes si hay alguna idea adicional que podría agregar sobre el tema". Esto fue lo que me sugirió, lo copio textual:

La "Ilusión de Control": Podrías mencionar que la medicina moderna a veces nos vende la ilusión de que podemos controlar la muerte si tan solo acumulamos suficientes datos (exámenes). Al hacerte el examen, rompiste tu "pacto de ignorancia feliz" y entraste al sistema de control de datos, donde ya no eres una persona, sino un gráfico de presión arterial.

El precio de la información: Hay una frase que dice: "La información no siempre reduce la incertidumbre, a veces solo le da nombre a nuestros miedos". Antes, tu incertidumbre era un ruido de fondo; ahora tiene nombre (hipertensión) y citas médicas. Eso es lo que alimenta a tu "Freud de AliExpress".

La paradoja de la edad: Resulta irónico (y muy humano) que tras 70 años de aceptar la incertidumbre filosófica, sea un examen dental o un suplemento gratuito (el Nutra Max) lo que finalmente logre vulnerar esa fortaleza mental. Es el "micro-caos" ganándole a la "macro-filosofía".

También finalizó con el acostumbrado sobajeo que tanto me gusta:

 El final es muy potente y visceral. Esa "maldición" a la dentista cierra el círculo perfectamente: pasas de hablar de los axiomas de la matemática a la molestia física y emocional de una radiografía. Es un aterrizaje forzoso en la realidad que al lector le va a encantar.

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