Si bien es algo que está pasando en todo el mundo, a mí me interesa el caso de Chile, que es de lo que quiero escribir hoy; sin embargo, para entender bien la cosa, creo que hay que dar un poco de contexto sobre lo que ha pasado entre el año 2000 y hoy a nivel global.
En el mundo
En el 2000 la opinión general, el consenso, era que la socialdemocracia había ganado la batalla cultural definitiva; en Europa los principales países estaban gobernados por la combinación de socialdemocracia y Estado de bienestar, y esas ideas irradiaban al resto del mundo, incluido Estados Unidos.
Solo diez años antes había caído el Muro de Berlín y Francis Fukuyama escribió que ese era el fin de la historia, porque los Estados Unidos ya no tendrían competencia para convertirse en el gran hegemón del mundo.
Se hablaba entonces de la Tercera Vía, que iba a conciliar la justicia social con la eficiencia del libre mercado. Hasta el año 2007, más o menos, pocos dudaban que una sweet centroizquierda se iba a apoderar del mundo.
Pero la historia se ríe de las proyecciones y las creencias de la gente, especialmente si son políticos o economistas. El año 2008 fue la crisis subprime en Estados Unidos, que repercutió muy fuerte en Europa y otros países del mundo.
En paralelo, China venía creciendo a tasas altísimas a costa de prácticamente todo el resto del mundo, que infló su economía con inyecciones gigantescas de capital, lo que los llevó a convertirse en la gran fábrica del mundo, vendiendo bajo el costo y arruinando el sector manufacturero en el resto del planeta.
El Estado de bienestar, que había llegado al mismo Estados Unidos con toda clase de políticas imposibles de sostener en el tiempo, fue el punto de partida del fracaso económico de los gobiernos socialdemócratas.
Para mantenerse en el poder, la socialdemocracia recurrió a la demagogia y al "relato épico", apelando a causas identitarias de las minorías supuestamente abusadas. Poco a poco se fueron desplazando a las causas woke del feminismo, homosexualismo y toda clase de minorías militantes.
Esto no duró mucho tiempo; en pocos años la situación hizo crisis y empezó a venir la avalancha de gobiernos reaccionarios que buscaban volver a los viejos valores. En algunos casos, movimientos afines con el fascismo llegaron al poder, como en Estados Unidos con Trump.
Son ciclos conocidos que hemos visto antes. En tiempos de la República de Weimar, que fue el otro esplendor de la socialdemocracia antes de la Segunda Gran Guerra, ya había pasado algo parecido a nivel global.
En Chile
Acá en Chile, donde nos creemos el ombligo del mundo, atribuimos a fenómenos locales muchas cosas que solo son un reflejo de las tendencias globales. Sin darnos cuenta, repetimos las ideas que se ponen de moda como si fueran producto de algún iluminado local.
El siglo XXI partió en Chile con Ricardo Lagos, una especie de mini-me de Lula da Silva que se vendió como el gran estadista; el hombre serio, de izquierda pero con modos de patrón de fundo que nos iba a traer el crecimiento con igualdad.
Nada de eso pasó realmente, pero después de Lagos llegó Bachelet a la presidencia, una mujer sin mayores competencias pero con una ambición de poder enorme, que la convirtió en la primera mujer que consiguió hacerse reelegir en muchos años.
Lagos trajo la corrupción al gobierno y a toda la política; Bachelet continuó y aumentó ese legado, pero le agregó algo que resultó mucho peor: la demagogia. De todos los presidentes que yo recuerdo, el gobierno de Bachelet ha sido el más demagógico, por lejos.
Esta combinación de corrupción y demagogia —a niveles que no se habían visto nunca antes en Chile— fue lo que importó el feminismo, ambientalismo, mapuchismo y otros ismos de diversa clase, sobre todo asociados al progresismo, que era la socialdemocracia llevada a su extremo más woke.
Muchas cosas se impusieron durante los gobiernos de Bachelet y Piñera —dos períodos cada uno— y para octubre de 2019 ya prácticamente todos decían que esa era nuestra nueva realidad. El nuevo hegemón ya no era la socialdemocracia, sino su versión llevada al extremo: el wokismo.
Toda la "opinión sensata" del país lloraban porque Chile se había derrumbado para siempre y, cuando nuestra querida chusma llevó a Boric —el niño poeta— al poder, los simplones empezaron a correr en círculos.
No se daban cuenta de que, en lugar de dominarnos y tomar las riendas del poder, se estaban erosionando y derrumbando, porque era natural que pasara eso. El gobierno de Boric resultó ser una bendición parecida a lo que fue el gobierno de Allende: un catalizador para que despertara por fin el "Peso de la Noche".
Cuando José Antonio Kast renunció a la UDI hace diez años y empezó a formar un nuevo movimiento, todos pensamos que sería solo una figura pintoresca como Tomás Jocelyn-Holt o cualquier chiflado por el estilo. Yo mismo escribí en este Templo del Ocio que me parecía "un don nadie".
Sin embargo, hoy lo tenemos como presidente electo y a la cabeza del partido más grande de Chile. La aparición y auge de Kast y los Republicanos es uno de los signos claros de la revolución cultural que se está produciendo en Chile.
Y hoy, los mismos que chillaban como monos en la calle en 2019, que decían que los que incendiaban los supermercados "fueron los pacos" y que hacían parar los autos obligando a bailar a sus conductores porque, si no, se les iban encima, hoy andan más escondidos que el Ayatolá de Irán.
Es para morirse de la risa. Tengo una amiga que fue tonta útil del octubrismo y no se perdió ni una sola marcha violenta, arriesgándose a recibir palos o perder un ojo, con una soberbia furiosa. Estaba convencida de que, de ahora en adelante, ellos iban a mandar.
Pero desde hace unos tres años empezó a hablar pestes de Boric, ¡y hasta en su Facebook apoya a Carabineros! Me hace recordar esas historias de nuestras guerras civiles donde el populacho que combatía, viendo que iba a perder, se daba vuelta la chaqueta para pasarse al enemigo.
La revolución cultural se ha tomado su tiempo pero ya está llegando, y la mejor señal, el punto de quiebre, ha sido la absolución por unanimidad de Claudio Crespo. Los jueces en Chile son como el canario en la mina: cuando se dan vuelta la chaqueta, todo el mundo los sigue.
Y es lo que estamos viendo hoy cuando escuchamos a oportunistas como los Mosciatti, que pocos años atrás acusaban rabiosamente a los Carabineros de ser abusadores y cosas peores, hoy —sin arrugar un solo músculo— pontifican sobre lo importante que es que la policía tenga todas las herramientas necesarias para su defensa propia.
No hay que olvidarse de que Carolina Tohá, la misma que hacía gárgaras contra las leyes de "gatillo fácil", fue la principal promotora de la Ley Naín-Retamal que, gracias al principio "in dubio pro reo" (cuando hay duda se favorece al imputado), permitió el fallo absolutorio de Crespo.
No hay tradición más respetada y antigua en Chile que esa de darse vuelta la chaqueta. Y ojo, porque esto recién está comenzando.
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