Cómo surgió una Ley de Hierro
El año 1993 me cayó del cielo —con una ayudita de Gabriel Abusleme— un viaje a Tokio, que al final se convirtió en un recorrido por varias ciudades de Europa, Asia y Estados Unidos. Yo era muy pobre en ese tiempo y dos años antes no tenía ni para comer, así es que debí sentirme maravillado por muchas cosas que vi.
Pero no fue así o, para decirlo de otra manera, la maravilla fue mucho menos de lo que esperaba. Si bien es cierto que me sentía igual que Jemmy Button —el indígena patagón que se llevaron de Tierra del Fuego para exhibirlo en Europa—, me acostumbré bien rápido a lo que estaba pasando; nada me asombró demasiado.
Pero la verdad es que una cosa sí que me maravilló, y no fueron los hoteles lujosos, las capitales europeas ni nada de eso. Lo que realmente me maravilló, y me aterró un poco, fue pasar doce horas volando sobre el océano Pacífico.
Lo gigantesca que es esa masa de agua no se puede explicar con palabras. Hasta el día de hoy —que vivo a unos tres kilómetros con vista a la playa— pienso que la más pequeña fluctuación de esa mole podría hacer desaparecer no solo a Arica, sino a todo Chile.
El día antes del vuelo no había podido dormir, pero durante las doce horas de viaje —en que el tiempo se detuvo porque volábamos en el mismo sentido que el sol— tampoco pude pegar los ojos, mirando hipnotizado por la ventanilla.
Mi impresión más grande fue ver un buque pesquero en mitad del océano; era menos que una hormiga, una especie de átomo, y pensaba con vértigo que adentro de ese punto había personas que ni se imaginaban lo desprotegidas que estaban en ese desierto de agua.
Entonces me di cuenta de la tremenda inseguridad que es la vida, y de allí salió la Ley de Hierro de Bradanovic: "NADA es seguro, aparte de los cuernos y la muerte".
Empezaron a llegar las fotos
Y también las consultas sobre si estaba vivo y cómo me sentía. Asombrosamente, esta vez el alcohol me perdonó y no me hizo absolutamente ningún mal efecto.
¿Estaré listo para morirme? A veces los viejos llenos de achaques se levantan un día sintiéndose maravillosamente. Eso se llama "la mejoría de la muerte".
La imagen país
Ese es un invento bastante nuevo; apareció recién por los años noventa cuando a algún publicista ingenioso se le ocurrió que podría sacarle plata al gobierno vendiendo estas ideas de marketing país, marca país y embustes por el estilo.
Curioso, me puse a averiguar de quién había sido la idea. El tipo se llamaba —o se llama— Simon Anholt y fue, al parecer, el avivato original.
El cuento era que el gobierno podía emprender campañas de propaganda para vender "al país" tal como se vende un detergente o una bebida gaseosa. Y si se ponía suficientes billetes y se contrataba a un tal señor Anholt, o a alguno de sus secuaces, la gente se volvería loca por visitar o comprar cosas de la marca país.
El país considerado como un producto nunca me pareció una buena idea, o al menos una idea decente. Es verdad que con los años algunos países han forjado cierta reputación en algunos campos: la mecánica alemana, la mano de obra japonesa, la inteligencia de los judíos asquenazíes y cosas por el estilo.
Pero una cosa es ganarse una buena reputación y prestigio haciendo bien ciertas cosas, y otra es vender a los países como un producto de consumo. La imagen país, la marca país y todos esos cuentos son, en el fondo, engaños, caza-giles y propaganda indigna.
La verdadera reputación y el prestigio jamás se construyen ni son el resultado de campañas de publicidad; todo lo contrario. Al diablo con todos esos charlatanes.
El cerebro lo cree todo
Ahora que anda tan de moda esto de la inteligencia artificial, la mayoría de la gente es convencida y les venden humo con mucha facilidad porque ni siquiera se dan cuenta de cómo funcionan sus propios cerebros.
El cerebro es muy tonto, en el sentido de que resulta sumamente fácil engañar o manipular a un ser humano. Como dice el poema de Machado: "converso con el hombre que siempre va conmigo"; tenemos un compañero que jamás se nos despega, un hermano siamés que es la mente: yo y mi mente.
Desde los engaños más sencillos, como las ilusiones ópticas o los trucos de magia, hasta manipulaciones increíblemente complicadas. Conversamos con nuestra mente y con los que nos rodean, día y noche.
Nos engañamos y manipulamos a nosotros mismos y a los demás todo el tiempo. Somos capaces de creer, tenemos una capacidad enorme de creer, necesitamos creer. Por eso existen las religiones, las ideologías políticas, las fábulas y todo eso que a veces nos puede causar tanto daño.
Imagínense el infierno de los que viven con esquizofrenia, escuchando voces todo el tiempo, viendo alucinaciones, arañas gigantes o cosas peores. Muchos viven en una pesadilla que no se termina nunca. Esa es la mente cuando se divierte engañándonos.
Pero los engaños también nos dan una potencia intelectual gigantesca: gente que se engaña a sí misma o a los demás puede conseguir hazañas extraordinarias. El engaño, en ese caso, se llama motivación; la cosa tiene su lado bueno y su lado malo.
En fin, esas son cosas que están a años luz de la llamada inteligencia artificial, que solo es un remedo constructor de frases, hecho justo para engañarnos con el test de Turing. Yo creo que la idea de Turing sobre la inteligencia era bien pobre y superficial: "la máquina será inteligente cuando consiga engañar a un ser humano". Gran cosa, estúpidos.
Bueno, como decían los viejitos, ya estoy desvariando. A veces, a esta hora, me pongo a escribir cosas dispersas, enredadas y seguramente tontas; pero es lo que hay, lo que tenemos a mano, nada más. Es el hombre que siempre va conmigo el que me juega malas pasadas.


se ven bien los jóvenes, el alcohol conserva mucho mejor de la mala propaganda que le hacen, hay que seguir así
ResponderBorrarMr OT
Hay más años ahi que en una banda de loros. A ver: Tito unos 83, Viera 82, este servidor 71, Waldo 86 y sentado el arquituerto 70 ¡392 años!
BorrarLa aparente lozanía no se si es efecto de estas cámaras modernas que filtran las caras o la acción coservativa del alcohol, debe ser un poco de cada cosa
Y el sentado puede ser la IA de los artículos de Tomás sobre las poblaciones. Si no, ¿qué opina el arch.?
ResponderBorrarA propósito, me falta un artículo más sobre eso. Aprovechare de escribirlo esta noche que todavía me queda un día antes del sábado de refritos
BorrarExcelente!
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