Enrique Lafourcade fue un escritor chileno muy popular durante mi juventud. Gracias a él yo nunca tuve ambiciones de escribir cuentos, novela, poesía ni nada relacionado con la literatura; en ese sentido fue una inspiración y tuvo buena influencia sobre mí.
Imagínense que, de no haberlo conocido, yo —que redacto de corrido— tal vez me hubiese creído artista y hoy sería una especie de Isabel Allende. En el mejor de los casos claro, porque ella se ha forrado en plata. O, mucho más probablemente, un pobre diablo con ínfulas, picado a escritor.
Me tocó encontrarlo en YouTube, en este antiguo capítulo de "La belleza del pensar" donde Cristián Warnken le hace una entrevista de una hora completa.
Seguí esa entrevista fascinado, porque me devolvió a muchos años atrás; Lafourcade hablaba de escritores y cosas del Santiago que yo conocí en los años sesenta. Estuve viendo ese programa como un conejo hipnotizado frente a una linterna; fue increíble.
La entrevista es de 1995 y habla sobre sus amigos muertos. Hace un estupendo relato de todos los de su generación: Jodorowsky, Donoso, Lihn... en fin, todos los grandes escritores de los años cincuenta en Chile. También hace recuerdos de la vida literaria en cafés y bares de Santiago.
Claro que yo no soy de esa generación, pero sí alcancé a conocer El Bosco, aunque solo por fuera porque era un mocoso. También recuerdo otra cosa que comentaba Lafourcade: cuando en Santiago se caminaba. En los sesenta nadie tenía auto, aparte de la clase más alta.
A la Plaza de Armas iba la gente de todas las edades a sentarse, mirar las palomas y escuchar al Orfeón de Carabineros tocando en la glorieta central. ¡Qué país más diferente! Santiago hoy está irreconocible; tal vez para los inmigrantes de hoy, Santiago es como era para nosotros en esos años.
Yo siempre consideré a Lafourcade un escritor de segunda. Escribió docenas de novelas y las que yo alcancé a leer son muy malas. La novela más vergonzosa —y más exitosa— que escribió fue Palomita Blanca, una copia descarada y burda que coincidió con la película Love Story.
Lafourcade, en cierto sentido, fue un adelantado de Isabel Allende. Mucho más burdo pero, igual que Isabel, Lafourcade aprovechó esa gran habilidad redactora para producir al menos un best seller, tal vez el primero que se escribió en Chile.
Si bien yo no lo apreciaba como escritor, era un lector fanático de sus crónicas. Durante muchos años, creo que fue en los ochenta, tuvo la última página completa en el cuerpo de Artes y Letras del diario El Mercurio para él solo, y yo me la devoraba.
Hoy El Mercurio es un diario en ruinas; su decadencia desde fines de los ochenta ha sido espantosa. Pero en los años ochenta, comprar ese diario era lo que toda persona medianamente educada en Chile hacía todos los domingos, religiosamente. Era como ir a misa para los católicos devotos.
Ni siquiera cuando fuimos más pobres en mi casa dejamos de leer ese diario el domingo; a mi mamá se lo prestaba el tipo del quiosco, lo leíamos y se lo devolvíamos. Hicimos eso por años.
El Mercurio era La Catedral. Allí pontificaba Ignacio Valente (el cura Ibáñez Langlois) en crítica literaria, don Hermógenes Pérez de Arce en actualidad política y Enrique Lafourcade en la crónica. Compararlo con lo que es hoy es motivo para la depresión más profunda.
Bueno, con las crónicas yo llegué a apreciar a Lafourcade. Las esperaba como un perro espera su hueso; las leía el domingo y las releía el resto de la semana porque, además de simpático, Lafourcade era un maldito erudito, una enciclopedia ambulante.
Y bueno, pasaron muchos años, El Mercurio empezó a decaer y su página de columnas desapareció. Lafourcade se convirtió en una especie de showman de la tele en un curioso programa que se llamaba ¿Cuánto vale el show?, donde era jurado.
Allí tuvo su segundo minuto de fama porque la gente común lo empezó a conocer. Siempre hacía comentarios culturales y a los que participaban les regalaba su culebrón Palomita Blanca. Después se perdió y aparecía esporádicamente en ferias donde vendía sus libros.
Y así fue como lo conocí, acá en Arica, en una feria del libro en la Plaza Colón. Por supuesto que no crucé una sola palabra con él; ni me acerqué, ni le dije cuánto me gustaban sus crónicas, ni siquiera lo saludé.
Pero me senté a cierta distancia a mirarlo. Estuve un par de horas sentado en las gradas de la Iglesia de San Marcos viendo cómo "se cuenteaba" a la gente y cómo vendía sus pésimos libros. Así es que puedo decir que lo conocí en persona.
Y en cierto modo fue un modelo para mí, claro que de manera inconsciente. Porque cuando empecé a escribir mis entradas en este "Templo del Ocio", tenía claro que no quería hacer nada petulante, pretencioso ni creerme artista; pero siempre me gustó eso de las historias entretenidas que contaba Lafourcade.
Por eso el primer intento de blog se llamaba "Cabezas de pescado" y después terminé definiendo eso de escribir cualquier tontera que me pareciera entretenida —todos los días— para compartirla. Me encanta leer crónica y también escribirla: ahora me creo una especie de Lafourcade de AliExpress.
Muchas buenas frases aparecen en la entrevista de Lafourcade en La belleza del pensar; por ejemplo, esa que se refiere a tanto pobre diablo que se cree artista y publica cualquier porquería: "Infórmese, joven, y después produzca". Pensé en Fuguet y en casi todos los escritores chilenos contemporáneos.
El cierre de la entrevista es buenísimo, dice Lafourcade:
"¿Dónde quedan mis amigos muertos? Bueno, yo tengo la sensación vital de que estos amigos andan con uno, están todo el tiempo acompañándonos. Yo tengo esa sensación, ¿verdad? Vuelvo a mirar una foto, veo un poema, leo un texto y aparece, aparece, aparece... Por eso al hablar de mis amigos muertos, yo de alguna manera al pensar en ellos, al evocarlos, comunicarme con ellos, siento que de alguna manera recupero ese Dios que tenían guardado. eran dioses jóvenes, todos (...) están conmigo. Mis amigos muertos forman parte de mi vida, no son amigos muertos, son amigos vivos".
No podría estar más de acuerdo. me quitó las palabras de la boca.
Somos dos.
ResponderBorrarEl Mercurio dominguero de aquella época tenía un espesor de al menos cinco centímetros.
Es columna de la última página completa era mi parte favorita. Po ahí deambulaba el chico Molina, la Mandrágora y los demás personajes amigos de Lafourcade.
Sus columnas y el Mirador de Lukas en UCVTV hoy no tienen paragón en la prensa y la TV.
La prensa actual es basura.
Don Tomás,
ResponderBorrarMuy buena su entrada de hoy.
Yo también leía a Don Enrique Lafourcade y a Don Vittorio di Girolamo en sus ensayos en Cuerpo E Artes y Letras, a Don Hermógenes Pérez de Arce los Miercoles en el Cuerpo C Nacional y Gozaba la ironía de Don Renzo Pecchenino en los Chistes de Lukas con su personaje "Don Memorario" que creo se publicaba en el mismo sector de las columnas de Don Hermógenes.
era muy niño para que me interesara el tema de crónica de lafourcade, pero si recuerdo que tenía una crítica de cocina, era genial, creo que los días viernes se publicaba, y si, el mercurio valía la pena, me leía toda el cuerpo avisos económicos, eran unas 100 páginas todos los días domingo, era el amazon de aquellos tiempos, se vendía toda clase de cachureos, hasta chiquillas del antiguo oficio se anunciaban todas las semanas, y toda la razón, ahora es una verdadera basura, al menos 10 años que no lo compro, y cuando hicieron de pago la edición impresa digital, se terminó de morir, completamente irrelevante es ahora
ResponderBorrarMr OT